Desde la más
remota antigüedad, los hombres han practicado el arte de adornarse.
En un principio con objetos a su alcance como plumas, huesos o conchas.
Más adelante emplearon metales.
BRAZALETES PARA TODOS
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| Aunque los collares se usaron
desde la antigüedad, fue en la Edad de Bronce y en la Edad
de Hierro cuando aparecieron con mayor profusión. Igual
que ocurrió con los brazaletes, en el antiguo Egipto los
lucían hombres y mujeres y en ocasiones llevaban colgados
amuletos como el escarabajo sagrado o distintas divinidades animales.
En Grecia las mujeres utilizaron collares con una estructura formada
por pequeñas placas articuladas sujetas al cuello por una
cinta. También los formaban con cadenas de eslabones en
forma de flores, más anchos en medio y disminuyendo de
tamaño hacia los lados. |
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En Roma, los hombres los lucían como condecoraciones de carácter militar y las jóvenes usaban una pequeña cápsula colgada llamada "bulla", que era un amuleto que prevenía de las enfermedades. El mayor lujo en los collares lo encontramos en los últimos tiempos del Imperio; las mujeres lucían collares espectaculares adornados con piedras preciosas, perlas y camafeos. Los árabes y los mudéjares introdujeron en España collares de filigrana con esmaltes, tradición que fue continuada por los plateros cordobeses y granadinos. Italia se impuso con fuerza en el arte de la joyería ya que allí utilizaban el esmalte con gran maestría y contaban con excelentes artistas. El Museo Poldi de Milán posee una valiosa colección de joyas donde pueden admirarse los más valiosos collares que destacaron en la moda joyera de la época. Con la impronta de la influencia italiana en España, en el siglo XVI, se empiezan a hacer collares formados por cartelas iguales a las usadas en la decoración arquitectónica que más adelante se adornan con esmaltes, camafeos y pedrería, características de la primera época del barroco. Los collares, tal como ocurre en la actualidad, han estado supeditados a la moda de los vestidos y en muchas épocas se han presentado en forma de colgantes. Una importante joya que lucieron en su cuello muchas reinas de España fue el"brocamatón" llamado también el joyel de la Casa de Austria. En él se encontraba el diamante "EL Estanque" y la perla "Peregrina", una de las más perfectas que se conocen. Hay un maravilloso retrato de la Reina Isabel de Borbón luciendo esta joya que fue empeñada por Felipe V para hacer frente a los gastos de la Guerra de Sucesión, aunque se recuperó más tarde y figura en los inventarios hasta el año 1474 en el que se pierde su rastro. |
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| En sus orígenes más remotos, el pendiente se llevaba como un adorno "unisex", dependiendo del país. En Grecia los usaban solamente las mujeres, en cambio, en los países de Oriente sólo los hombres. Pero así como los collares y los brazaletes han tenido que estar supeditados a la moda del vestir, los pendientes han tenido que depender a la moda del peinado. En la Edad Media con los peinados que tapaban completamente las orejas, los pendientes apenas podían ser utilizados como adorno. |
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En el Renacimiento, los
pendientes volvieron a encontrar un m omento de esplendor y
realzaron su belleza con piedras preciosas, perlas y esmaltes.
Cuando en el siglo XVII la talla del diamante adquirió
nuevos matices, los pendientes de diamantes eran considerados
como una de las joyas más apreciadas. |
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Los primeros anillos que se conocen,
encontrados en las investigaciones arqueológicas, estaban confeccionados
por alambres y materiales primitivos. En las tumbas del antiguo Egipto
encontramos las primeras sortijas, hechas con oro de gran pureza,
en las que se escribían jeroglíficos con los nombres
de sus propietarios, y otras pertenecientes a personas de clase media
hechas en bronce, cerámica, ámbar o marfil.
El simbolismo del anillo alcanza su grado máximo en el anillo
de oro de los enlaces matrimoniales, que fue utilizado ya en el siglo
II. En la Edad Media era una muestra de fidelidad y, en las bodas,
los sacerdotes que oficiaban la ceremonias empezaron la costumbre
de bendecidlos para que el esposo lo regalara a la esposa y lo pusiera
en su dedo anular. También en el siglo XVII se mencionaba ya
el anillo episcopal, que era entregado al obispo junto con el báculo
en el oficio pontifical. En los países orientales se han utilizado
siempre anillos muy lujosos, no solamente en las manos, sino también
en los dedos de los pies, con las piedras preciosas más variadas
y valiosas como diamantes, esmeraldas, zafiros, rubíes o amatistas.
En la actualidad, las sortijas son un punto fuerte en la joyería.
Las utilizan las mujeres fundamentalmente, pero también los
hombres, a parte del ya tradicional anillo de matrimonio.
"Una sortija
de compromiso es un asunto que requiere una seria consideración
por parte del joven. Él desea lo mejor que su bolsillo pueda
permitirse y, lo que es más importante, el anillo se adapte
al gusto de su novia. Ya sea preguntándosele a ella directamente
o bien a través de alguien que conozca sus preferencias, averigua
lo que desea y trata de complacerla por todos los medios. El mayor
y más perfecto diamante solitario que un joven pueda permitirse
es desde hace muchos años el típico anillo de compromiso."
"La fidelidad y el cielo son redondos y en ellos se basa el
emblema"

El
precursor de la actual sortija de compromiso fue un sencillo aro de
hierro. La antigua tradición romana
consistía en entregar un anillo, un símbolo del ciclo
de la vida y de la eternidad que constituía una pública
promesa de que el contrato matrimonial entre un hombre y una mujer
sería espetado. En la época de Plinio (23 - 79 D.C.)
el anillo se fabricaba de hierro. El oro fue introducido algún
tiempo después, en el siglo II D.C. Los cristianos adoptaron
la costumbre y, de esta forma, el anillo se convirtió en parte
integrante de la ceremonia matrimonial.
El simbolismo del anillo -que significa eternidad- no se vio reforzado
hasta el siglo XV por el emblema de la fidelidad conyugal... el diamante.
No obstante se han transmitido a lo largo de los siglos leyendas sobre
las míticas propiedades de esta piedra. Cientos de años
antes de Cristo, en la India, donde se descubrieron por primera vez,
los diamantes eran más apreciados incluso por su magia que
por su enorme belleza y se creía que protegían de las
serpientes, del fuego, del veneno, de las enfermedades, de los ladrones
y de todas las fuerzas combinadas del mal.

Cada cultura ha valorado
al diamante por sus propiedades únicas. En la India se creía
que el color de la piedra reflejaba la casta de quien la llevaba y
por eso los más preciosos eran los diamantes puros blancos.
Roma los apreciaba por su dureza y los consideraba capaces de romper
el hierro. Los chinos los valoraban enormemente como herramientas
grabadoras, mientras que los supersticiosos italianos confiaban en
ellos como protectores contra el veneno.
Especialmente capaz de resistir al fuego y al acero, el diamante (cuyo
nombre viene del griego "adamas", que significa invencible)
reúne la fuerza inflexible e invencible. ¿Qué
mejor emblema para una asociación que habrá de durar
toda la vida?.
Desde el suave lustre de los diamantes en bruto del Renacimiento hasta
la deslumbrante pirotecnia de la elegante sofisticación del
siglo XX, el anillo de diamantes, como un círculo encantado,
constituye el auténtico regalo de amor y lealtad entre un hombre
un una mujer... el sello definitivo de las promesas realizadas en
el matrimonio.
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Due
face in uno anello, de ardente focho
Doi volunta, doi cor, doi fochi insegna
Che siam congiunti in vincul de diamante
'Dos antorchas en un anillo de fuego ardiente
Dos voluntades, dos corazones, dos pasiones
Se unen en matrimonio con un diamante.'
Ya en el siglo XV, las
sortijas de diamantes se habían convertido en una característica
establecida de las bodas entre reyes y reinas y de los matrimonios
por poderes de sus hijos. La fuerza invencible atribuida al diamante
con el simbolismo del anillo hacia de él el símbolo
perfecto de la armonía en el matrimonio. Esto fue interpretado
en la espectacular ceremonia del matrimonio entre Constanzo Sforza
y Camilla D'Aragona, que tuvo lugar en Pesaro en 1475, de la que ha
quedado constancia en una serie de miniaturas que en la actualidad
se encuentran en el Vaticano. El himen de la divinidad, que preside
la celebración del matrimonio, se halla representado por un
apuesto joven coronado de rosa y vestido con una túnica que
lleva pintados anillo de diamantes y lenguas de fuego.
En la época medieval, los ricos se casaban con sortijas engastadas
con gemas. Ya en el siglo XV, el diamante, que por entonces era el
símbolo reconocido de fidelidad conyugal debido a su resistencia
al fuego y al acero, entró a formar parte del ritual de las
bodas. Verdaderamente, el empleo de una sortija de diamantes en los
desposorios parece haber sido general hacia finales del siglo. Una
carta escrita en 1477 al Archiduque Maximiliano justo antes de sus
esponsales con María de Borgoña dice: " En los
esponsales, su Gracia debe llevar una sortija de diamantes y también
un anillo de oro".
Durante una época, el diamante se empleaba en su estructura
cristalina natural.
La formación octaédrica o de ocho caras, semejante a
dos pirámides unidas por la base, se montaba de tal forma que
la pirámide inferior quedaba completamente oculta en el engranaje
del anillo y la mitad superior sobresalía con orgullo. Las
cuatro caras de esta punta superior que quedaba al descubierto reflejaban
la luz.
La estructura de estos diamantes refleja el simbolismo de las pirámides
egipcias. Solía creerse que enterrada bajo la pirámide
había una parte inferior -la mitad mala- que tenía exactamente
las mismas proporciones y formas.
Lejos de sentirse obligados a realizar monturas laboriosas y cerradas,
los orfebres de finales de la Edad Media utilizaron la imaginación
y una visión romántica en sus diseños a fin de
incrementar el prestigio del diamante. Fueron introduciendo los diamantes "hog-back", que compusieron unos engastes aún
más sofisticados, por ejemplo rosetones, letras del alfabeto,
y el símbolo de la Virgen, la flor de lys, un apropiado emblema
para la inocente y joven novia.
Al mismo tiempo, inscribían "posies"(o poemas
breves) en los aros de los anillos, inscripciones que solían
quedar ocultas en el interior. Estas secretas palabras de amor podían
ir decoradas con rosas que recibían el calor de los rayos del
sol. Todo ello resaltado por vívidos esmaltes. Existen muchos
ejemplos de tales mensajes en los anillos. Ana de Cleves, que contrajo
matrimonio con Enrique VIII en el siglo XVI, llevaba esta optimista
inscripción en su sortija de boda: "Que Dios me guarde".
Pero aunque fueron tan frecuentes en los anillos de los siglos XV
y XVI, las inscripciones de carácter devoto o amoroso también
habían sido populares en la antigüedad. Una inscripción
grabada en la sortija griega de esponsales que data del año
400 A.C. aproximadamente ostenta una sola palabra: "Cariño"
A finales del siglo XV se produjo el primer adelanto verdadero en
relación con las técnicas de tallado y, de esta forma,
se descubrió ante la opinión pública una forma
completamente nueva: la talla en tabla. Para conseguirla, la punta
piramidal de la piedra se frotaba con polvo de diamante... el primer
paso hacia el pulido moderno, la primera vuelta de llave que dejaría
al descubierto el fuego y el brillo oculto del diamante. La talla
en tabla se convirtió en una característica importante
de los anillos de diamantes del siglo XVI.
El
diamante otorga fuerza y virtud al hombre que lo lleva y
le libra de agravios, duelos y tentaciones y del veneno.
También mantiene íntegros sus huesos y sus miembros.
Destierra la ira y la lujuria. Enriquece en valor y bondad a
quien lo lleva. Más vale que lo lleven los hombres
estúpidos y que sirva de defensa contra los enemigos. Pues
quien lo lleve será más amado por Dios. Mantiene la
semilla del hombre en la matriz de la mujer, ayuda al niño
y conserva todos sus miembros.
El matrimonio de la Virgen.
Pintado por el joven
Rafael en 1504. Fue encargado como un retablo dedicado al anillo de
la Virgen para una iglesia de Citta di Castello. Según la "Leyenda
de oro", los pretendientes de María, una Virgen del templo,
debían entregar varas al Sumo Sacerdote. El hombre cuya vara
floreciera obtendría la mano de la Virgen. José fue
el afortunado y se le representa con la vara en flor en una mano y
un anillo en la otra. A la izquierda se encuentran las otras vírgenes
del templo, y a la derecha, los pretendientes rechazados, uno de los
cuales está rompiendo su vara contra la rodilla en señal
de enojo y frustración.
La rareza comparativa de la sortija de diamantes planteó un
reto a los orfebres del siglo XVI, cuyas habilidades, fomentadas por
el mecenazgo real, alcanzaron la cima de la perfección. Aquellos
exquisitos diseños, con sus aros cincelados, sus laterales
de formas arquitectónicas o escultóricas decoradas con
suaves esmaltes y combinados con piedras puntiagudas o en tabla, nunca
han sido superados. Los orfebres idearon además una nueva forma
de hacer resaltar los diamantes: colocar una laminilla de plata bordeando
el engaste, lo cual acentuaba la luz blanca y pura de la piedra.
Los valores simbólicos del diamante, unidos a su belleza absoluta
hacían que fuera sumamente apreciado en los esponsales y bodas
reales. La sortija de boda del Duque Albrecht V de Baviera fue engastada
con dieciséis diamantes en forma de roseta, lo que constituía
un logro verdaderamente extraordinario para las labores de pulido
y engaste del siglo XVI. Uno de los tres anillos utilizados en el
matrimonio de María Estuardo y Enrique Darnley, celebrado en
Holyrood en 1565, fue esmaltado en rojo y engastado con un diamante.
En un momento en el que temió morir de sobreparto, María
legó el anillo a su esposo recordando de forma conmovedora
que era "la sortija con la que él la había desposado".
Cuando el hijo de María, Jacobo I, contrajo matrimonio con
Ana de Dinamarca en 1589, los diamantes fueron elegidos una vez más
para la sortija de boda, que era "de oro esmaltado y con cinco
diamantes".
Una miembro de la realeza que renegó de la sortija de boda
con diamantes y se opuso a llevarla fue María Tudor. Para su
matrimonio con Felipe II de España celebrado en 1554, escogió
una sencilla alianza de oro. "Las doncellas se casaban así
antiguamente", observó con aspereza. Sin embargo,
irónicamente, cuando sólo contaba dos años de
edad y no era capaz de expresar sus opiniones, la joven princesa María
había contraído matrimonio por poderes con el pequeño
Delfín de Francia. El Cardenal Wolsey colocó entonces
en el dedo de la niña un diminuto anillo con un enorme diamante
engastado en él.
Las habilidades técnicas de los orfebres del Renacimiento produjeron
ahora un nuevo estilo de sortija de matrimonio, el "gimmel" (del latín "gemmelli": gemelos). El "gimmel",
o anillo gemelo, lleva dos aros, a veces tres, que se despliegan en
abanico desde el centro de la base. Al cerrarse, los aros se unen
tan perfectamente que sólo se ve un único anillo. Esta
alusión simbólica al matrimonio era realzada aún
más mediante una inscripción grabada en el aro y extraída
de la ceremonia nupcial: "LO QUE DIOS HA UNIDO, QUE NO LO
SEPARE EL HOMBRE". Martín Lutero contrajo matrimonio
con Catherine Bora en 1525 levando un anillo grabado como este.
Al margen de esta clase de sentimiento, un diamante puntiagudo y afilado
era sumamente codiciado para escribir sobre el vidrio. Muchos miembros
de la nobleza disfrutaban de esta caprichosa forma de coqueteo, entre
ellos Isabel I, quién intercalaba con Sir Walter Raleigh enigmáticas
palabras grabadas sobre cristal de la ventana.
"Con gusto me levantaría, pero temo caer"
A lo que Isabel garabateaba esta respuesta:
"Si el corazón te falla, a levantarte no has de volver"
Pese a que el diamante disfrutó de gran estima en el siglo
XVI, aún se mostró más bello en el siglo siguiente.
Igual
que el diamante en bruto de la mina
Sólo muestra su luz al quebrarse
Y no reluce hasta que es pulido,
Así el saber hacer brillar e genio.
Retrato del matrimonio
del príncipe Guillermo de Orange y la princesa María
de Inglaterra - en 1641, por Van Dyck.
María, de 10 años de edad e hija de Carlos I, y Guillermo
de Orange, de 15 años, aparecen con sus galas nupciales, incluidas
las joyas de ella. Guillermo sostiene el dedo de la novia, en el que
hay una sencilla alianza de oro que ofrece un natural contraste con
el broche de diamantes, facetados según la moda imperante en
la época.
Alrededores del año 1600 el "gimmel" se unió
a otro símbolo romántico, las dos manos agarradas de
la "fede" (término italiano que significa "fe").
Los aros enlazados del "gimmel" terminan en unas
manos que se unen cuando el anillo está cerrado. A estos símbolos
se añadió un tercero, el corazón. En las sortijas
especialmente elaboradas, un par de manos esmaltadas sujetan un gran
corazón de diamante.
Otras sortijas del siglo XVII están adornadas con corazones
inflamados de deseo, atravesados por las flechas de Cupido, coronados
como justa recompensa a la fidelidad, sujetos por una única
mano o agarrados por dos. Estos diseños eran engastados con
diamantes en rosa y en tabla. Gustavo Adolfo de Suecia regaló
a su novia, Elba Brahe, como anillo del amor un exquisito corazón
de rubí rodeado de diamantes.
En completo contraste con esta atmósfera en la que imperaban
los símbolos románticos, los puritanos, reaccionando
contra el ritual eclesiástico, intentaron por todos los medios
que se aboliera el anillo de boda. No lo consiguieron.
Aunque las sortijas "posy", esmaltadas con ramilletes
de flores y con la inscripción en el interior del aro, fueron
las más utilizadas en las bodas del siglo XVII, las sortijas
de compromiso con diamantes tenían también un gran atractivo.
En el casamiento por poderes de María de Módena con
Jacobo II, celebrado en 1673, fue colocado un gran diamante -probablemente
en talla rosa- en el dedo de la novia, que contaba 15 años
de edad. Cuando en 1719 su hijo Jacobo Estuardo (el antiguo pretendiente
al trono inglés) contrajo matrimonio con la princesa polaca
Clementina Sobieska en Italia, fue utilizada esta misma sortija en
la ceremonia.
Las sortijas de boda del siglo XVII solían llevarse en el pulgar,
aunque durante la ceremonia nupcial se utilizara el cuarto dedo prescrito.
Esta costumbre de colocarse el anillo en el cuarto dedo tiene su punto
de partida en el sacerdote oficiante de la ceremonia nupcial cristiana,
que tocaba con el anillo tres dedos de la mano izquierda: "En
el nombre del Padre... del Hijo... y del Espíritu Santo",
y terminaba con el anillo en cuarto dedo.
Una leyenda más romántica afirma que la vena que parte
del cuarto dedo va directamente al corazón, lugar donde anida
el amor.
En 1668, Samuel Pepys escribió que su tía estaba "enormemente
orgullosa de su sortija de boda, que recientemente ha sido engastada
con diamantes". El locuaz Samuel relata también que las
sortijas "posies" seguían siendo una costumbre
nupcial fuertemente establecida, y apunta que mientras se asaba el
cordero su familia confeccionaba el poema para la sortija de boda
de Roger Pepys
La composición de estos "posies" requería
una gran dosis de reflexión. Algunos reflejan la estricta moralidad
de la influencia puritana con grandes aspiraciones de tipo religioso:
"Ruego a Dios nos convierta en una pareja
como la que formaron Isaac y Rebeca."
Pero muchos más poseen encanto e ingenios:
"Ama a quien este anillo te dio,
Pues en tu vejez te colmará de amor".
El relativamente sosegado brillo de la sortija de diamantes del siglo
XVII, los racimos de piedras pequeñas, en tabla o en rosa,
montados en oro y esmaltados en negro o azul con toques de luz blanca
poseen una suave belleza y dignidad que hacen a los anillos del amor
de este periodo sumamente atractivos.
Lo más excepcional del mundo, después
de un
espíritu perspicaz, son los diamantes...
El columpio.
Fue pintado por Jean
Honoré y Fragonard y constituye una suma de su arte y de su
siglo. Encargado para el deleite de un Barón, capta el espíritu
y la moralidad de su época. La doncella del columpio, empujada
por un obispo, deja volar sus faldas por el aire y lanza un zapato,
mientras, desde abajo, un joven enamorado se desvanece ante tan exquisita
visión
"Te coronaré con una guirnalda de paja,
y te desposaré con un anillo de junco"
El empleo de anillos de junco para celebrar la alianza de una pareja
estaba reservado principalmente a los enlaces indecorosos. Al igual
que el diamante es el símbolo de la duración, el anillo
de junco era efímero como la unión que bendecía.
Sin embargo, el siglo XVIII proporcionaba a los acaudalados y a los
instruidos una centelleante constelación de anillos de boda
y esponsales.
El hallazgo de diamantes en Brasil incrementó de forma espectacular
la provisión de estas piedras; las joyas de diamantes se convirtieron
en el principal interés del joyero. Al mismo tiempo, la mejora
de iluminación por velas significaba que podían celebrarse
un mayor número de acontecimientos sociales por la noche, momento
en que estas centelleantes piedras podían ser contempladas
en su máximo esplendor. Todas las damas elegantes gustaban
de aparecer con los dedos reluciendo a causa de los diamantes, que
podían ser blancos, y de color. Ninguna otra piedra preciosa
poseía el carisma del diamante, por lo que éste se convirtió
en el cómplice favorito de la mujer en sociedad.
A fin de satisfacer el
deseo de que el diamante emitiera destellos, las técnicas de
pulido volvieron a perfeccionarse y las tallas en rosa fueron desbancadas
por el brillante redondo. Los engastes fueron recortados con el propósito
de dejar al descubierto una parte mayor del diamante; y para mostrar
aún más el blanco destello de la piedra, los diamantes
fueron engastados en plata a fin de incrementar su blancura y su brillo.
Del mismo modo, la antigua técnica de bordear los engastes
con laminillas de metal coloreado siguió utilizándose
con el propósito de dar realce a otras piedras: el color rojo
para rubí y el verde para esmeraldas.
Desde 1760, aproximadamente, la parte interior del anillo era recubierta
de oro para evitar el deslustre que se produciría con el roce
del dedo de la dama.
A mediados del siglo XVIII, el diseño acusó la influencia
del despreocupado espíritu rococó. Ahora, que ya se
aceptaban igualmente diamantes coloreados y los blancos, las piedras
fueron convirtiendo de forma gradual en el centro de atención
del diseño. Existían numerosas variantes del tema de
los corazones, que podían aparecer engastados con diamantes
blancos y coloreados, atravesados por flechas, enlazados y coronados,
o atados en un nudo de enamorados.
A partir de la década de 1770, dichos emblemas fueron sustituidos
por declaraciones amorosas escritas con letras de diamantes -RECUERDO,
AMITIE, AMOUR-, en engastes planos esmaltados en azul oscuro y enmarcados
con perlas o diamantes de talla en rosa. También existía
una ingeniosa ampliación del principio del "gimmel",
donde cada letra estaba unida a un aro distinto, que al unirse a los
demás formaba un anillo.
Las femeninas, bellas y delicadas joyas llenas de color de este tipo
eran la perfecta expresión del gusto elegante y refinado del
periodo.
Los anillos que simbolizaban el amor eran sumamente apreciados, y,
más que ninguno, la sortija de compromiso. Los anillos protectores,
precedentes de las alianzas de aniversario con diamantes que se regalan
en la actualidad como símbolo de la durabilidad del amor y
que fueron creados para ser llevados encima del preciado anillo, se
hicieron sumamente populares. Para salvaguardar su sortija de boda,
la reina Carlota colocó junto a él en el dedo otro anillo
de diamantes. Dicho anillo se encuentra aún en el castillo
de Windsor.
El sentimiento noer exclusivo de las damas elegantes. El gran lexicógrafo,
Dr. Samuel Johnson, definió la palabra anillo en su diccionario
como:
"un instrumento
circular que se coloca en los morros de los cerdos y en las manos
de las mujeres con el propósito de contenerlos y ponerlos bajo
control".
Sin embargo, tras la muerte de su esposa, el devoto Dr. Johnson, guardó
la sortija de boda de ésta en una caja que llevaba la siguiente
inscripción:
"¡Eheu! Eliza Johnson, Nupta el 9 de julio de 1736,
Morta , ¡eheu! El 17 de marzo de 1752."
En este siglo la sortija
"posy" cambió de tono. En lugar de figurar
ocultas en el aro, las inscripciones se encontraban en el exterior
esmaltadas de forma decorativa, y los sentimientos denotaban despreocupadas
alegrías en vez de solemnes intenciones.
(Irónicamente, el "motto" romántico "sans
peur" fue el elegido por la Srta. Annabella Milbanke cuando
contrajo matrimonio con Lord Byron en 1815.) La encantadora historia
de la sortija "posy"
concluyó
con la Ley sobre los Anillos de Boda, que al hacer obligatoria la
presencia de contrastes completos desterró el espacio necesario
para las inscripciones.
Al igual que la tímida aurora ofrece la promesa
del
glorioso amanecer, así sirve de heraldo el anillo de
esponsales -símbolo de compromiso -, como si fuera
un emblema que indicase el cumplimiento de la
solemne promesa.
Las ocho damas de honor
que atendían a la Princesa Alejandra de Dinamarca en le día
de su boda con el Príncipe de Gales, celebrada en Windsor en1863,
admiran el regalo que van a hacerle a la novia: un brazalete con sus
retratos en miniatura identificados mediante las iniciales en diamantes
de cada una
Al iniciarse el siglo, la mujer, recatada y decorativa, frágil
y reverenciada, se hallaba firmemente instalada es su pedestal. Las
joyas combinaban a la perfección con su idealizada posición
social..., bellas, femeninas, sentimentales. Los símbolos de
amor, los corazones, las coronas, las flores, perseguían a
la mujer desde el siglo anterior. Y lo mismo ocurría con la
sortija conmemorativa. Las sortijas con retratos albergaban el del
ser amado, y estaban elaboradas con exquisito detalle. Ocultos en
relicarios, broches y sortijas había mechones de pelo de niños
o de enamorados que se cuidaban con ternura.
Pero paralelamente a este delicado atractivo tipo de joyas de sentimientos
había otra clase que desempeñó un importante
papel como símbolo de categoría social durante el siglo
XIX.
La revolución industrial significó la fortuna para muchos.
El próspero hombre de negocios hacía público
alarde des su recién adquirida riqueza cargando de joyas a
su esposa.
Los diamantes se cotizaban cada vez más. En 1870, la oferta
se equipará a la demanda gracias al importante descubrimiento
de las minas de diamantes del continente africano. De pronto el símbolo
de categoría social que poseía el diamante quedó
al alcance de un sector de público mucho más amplio.
Cada vez un mayor número de parejas jóvenes elegía
la sortija de diamantes para sellar su compromiso, sortija que solía
ser un solitario o una combinación de varias piedras más
pequeñas.
Quedó establecido por entonces que la novia podía esperar
dos anillos: uno, de compromiso, con una piedra preciosa engastada,
y el actual anillo de boda, que en la época victoriana no era
más que un fino aro de oro. Los catálogos comerciales
de la época muestran la inmensa variedad de diseños
existentes, algunos de los cuales podían adquirirse por sólo
dos libras. Hay diseños de solitarios, de medios aros, de racimos
dobles y sencillos, de abanicos, de panel, de navette, de entrecruzados
y de anillos de dos partes, como el "Toi et moi".
La talla brillante era la que predominaba. A Peruzzi, un tallador
veneciano, se le atribuye la invención de la primera versión
de esta talla en 58 facetas; sin embargo, hasta el siglo XX no quedó
completamente al descubierto el brillo y el poder del diamante.
La nueva y rica provisión de diamantes en bruto influyó
en el diseño, y el engaste perdió la atención
especial de que disfrutaba a favor de la propia piedra. El sencillo
e inmaculado diamante se convirtió en la cumbre da la moda...,
y la nueva y revolucionaria montura Tiffany consiguió que esto
fuera más factible que nunca.
Tiffany, la famosa firma de joyeros neoyorquina, inventó un
espectacular engaste abierto con un sencillo aro de menta en el que
la piedra quedaba suspendida por 6 diminutas patillas o dientes de
platino, material que cuenta con la excepcional propiedad de ofrecer
una gran resistencia aun cuando haya sido trabajada hasta quedar muy
fino. Este engaste permite que la piedra expuesta emita el más
amplio juego de luces desde cada una de sus facetas. A diferencia
de los engastes antiguos, que sólo dejaban al descubierto la
superficie de la piedra y en los que cualquier imperfección
pasaba inadvertida, la montura Tiffany constituía un método
adecuado de probar la calidad del diamante concediendo una nueva importancia
a la talla, al color y a la pureza.
A lo largo de este próspero siglo, nadie disfrutó de
las joyas más que la Reina Victoria. Poseía una inmensa
colección y gastaba muchos miles de libras en sus adquisiciones
a los joyeros de la Corte, Garrard. En 1850, su colección se
vio coronada por el Kohi-Noor ("Montaña de luz"),
que entonces era el mayor diamante del mundo y que fue regalado por
la East India Company.
Probablemente, una de las piezas favoritas de la reina Victoria fuera
un sencillo aro esmaltado con un único diamante, regalo de
su amado Alberto cuatro años después de su matrimonio.
Con posterioridad, la reina Victoria eligió como anillo oficial
de compromiso algo menos comedida: un sortija en forma de serpiente.
Este tipo de sortija era uno de los símbolos predilectos del
siglo XIX. Los anillos del animal, curvados, formando un círculo,
representaban la eternidad. Otras versiones más valiosas llevaban
los ojos y la cabeza de diamantes.
El siglo XIX presenció cambios trascendentales en el diseño
de las joyas. Primeramente imperaba el sentimiento imaginativo y delicado.
Durante la década de 1860, la dócil mujer del pedestal
bajó de éste para reclamar su derecho al voto y a la
educación y para exigir nuevas libertades; en justa correspondencia,
las joyas se hicieron mayores, atrevidas rotundas. A finales de siglo
surgió un espíritu romántico y librepensador
y el Art Nouveau devolvió al diseño una flexible delicadeza.
A lo largo de todos los cambio, la vívida belleza e indestructibilidad
del diamante continuó siendo el símbolo definitivo del
amor y la felicidad.
Los hombres se enfrían a medida que las
mujeres envejecen y al final todos
perdemos nuestros encantos ...
Pero ya sea en talla cuadrada o en diseño
de pera, estas piedras nunca pierden la
forma; los diamantes son los mejores
amigos de una chica.
La constelación Sagitta, La Flecha.
"... el primer rayo dorado de sol atravesó los innumerables
prismas de un inmenso y exquisitamente cincelado diamante - y un blanco
resplandor se encendió."
Cuando Scott F. escribió "Un diamante tan grande como
el Ritz" no carecía de inspiración. Pues en su
siglo, este siglo, el diamante ha desarrollado su pleno potencial. Las
técnicas modernas de tallado y pulido han conseguido extraer
toda la belleza de la piedra de tal forma que dada una de sus facetas
irradie luz blanca. Los materiales modernos han librado al diamante
de los anticuados engastes, abriendo unos horizontes plenamente nuevos
a los artesanos del siglo XIX.
Hacia el año 1900, el platino fue aceptado de forma universal.
Por su brillante blancura inoxidable, su durabilidad y su resistencia,
el platino recibió el sobrenombre "metal del Cielo".
Con el platino como único recurso a mano, el joyero fue capaz
de reducir el engaste de la sortija de forma espectacular. El diseño
se centraba cada vezmás en la piedra; el engaste fue reducido
a la mínima expresión; las metáforas decorativas
quedaron relegadas a un segundo plano. El propio diamante constituía
todo el simbolismo necesario.
Las tallas se convirtieron en monumentos de perfección matemático:
en forma de esmeralda, cuadradas, rectangulares, en forma de pera y
navette; engastadas como solitarios o en racimo. Para los millonarios
modernos un gran solitario -coloreado o blanco, o bien con un diamante
coloreado entre dos piedras blancas- sería una elección
a la moda.
"En tallas cuadradas o de pera, estas piedras nunca pierden
la forma...", los diamantes han sido siempre los mejores amigos
de una chica.
Tentadores diseños aparecieron en los catálogos y anuncios
de todas las grandes casas; Harry Winston, el joyero americano; Tiffany;
Boucheron, Cartier -primero con diamantes en tallas- bagette de contorno
geométrico. Estos y otros utilizaron profusamente los materiales
y técnicas modernos.
Las imaginativas habilidades de los diseñadores del siglo XX
continuaron deleitando a los enamorados con nuevas y exquisitas formas
de presentar estas románticas piedras. En fecha tan reciente
como 1981, el gran fabricante alemán Niessing inventó
el anillo con engastes de tensión en platino, donde el diamante
flota como si estuviera mágicamente suspendido entre dos mitades
de aro.
La reina Victoria no fue la única soberana que fue obsequiada
con un diamante histórico. En 1905 se descubrió el Cullinan.
Con un tamaño doble al de cualquier otro diamante encontrado
hasta entonces, esta noble piedra fue entregada, en estado bruto, al
rey Eduardo VII, que se tomo un gran interés personal por la
talla del Cullinan. Esta aterradora hazaña fue llevada a cabo
en Amsterdam por Joseph Asscher el 10 de febrero de 1908 exactamente
a las 14,45. El pobre hombre se desmayó a la s14,46, hora en
que cayó la hoja cortadora. Las nueve piedras principales extraídas
del Cullinan forman parte de la colección real en la actualidad.
La tercera y la cuarta piedras son utilizadas a menudo por la reina
como broche y reciben el nombre cariñoso de "los cristalitos
de la abuela".
La actual reina posee la más hermosa de las sortijas de compromiso,
Dicha sortija fue diseñada personalmente para ella por el Príncipe
Felipe. Las piedras, que eran joyas de familia, procedían de
una diadema que había pertenecido a la madre del Príncipe,
la princesa Andrew de Grecia. La sortija de platino lleva engastados
11 diamantes, un solitario central de tres quilates y cinco piedras
más pequeñas en cada lateral.
Nancy Mitford observó en cierta ocasión que "el diamante
posee unos curiosos atributos psicológicos para la mentalidad
femenina, por muy sencilla que ésta sea", y comparó
su magia con un filtro amoroso. Incluso en el mundo moderno, el filtro
amoroso de los diamantes continúa ejerciendo su magia para todos.
Cualquiera que sean los cambios y movimientos que se produzcan en la
moda en el ámbito de la joyería, la sortija de compromiso
con diamantes sigue siendo, indiscutiblemente, la prueba de amor más
deseada para la novia del siglo XX

"Los
ricos son inestables
Y la belleza se desvanece,
Pero el amor fiel durará siempre
Hasta que la muerte lo aleje."
Pese al escepticismo que reina en la actualidad en relación con
los poderes mágicos de las piedras preciosas, el diamante - que
es intrínsecamente la principal y más hermosa de todas
las gemas- siempre será en su brillante indestructibilidad el
símbolo supremo de la unión de dos seres enamorados.
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